viernes, 8 de julio de 2011

EL CHICO DE LAS REDES


Por: PAMELA FIGUEROA

Cuando era una adolescente, conocí a un hombre hermoso,  su pelo era dorado, su piel bronceada brillaba, era alto, fuerte, muy parecido al príncipe azul de la  cenicienta.  Estaba en un bote tiraba de unas redes y cuando hacia fuerza para sacar la pesca, sus músculos se formaban perfectamente en su cuerpo. Creo que era la primera vez que pensaba sobre la apariencia de un hombre. Pero lo veía y me parecía, simplemente perfecto.
Tenía 12 años cuando lo conocí, iba a pasar unos días de mis vacaciones  a la casa de mi abuelo en Sin Bocal, un pueblo cerca de las playas de Manabí.  Mi abuelo era agricultor, pero en esos años estaba el boom de las Camaroneras en el país y todas las personas con propiedades por esos lugares cambiaron la agricultura por la acuacultura.
Los sembríos de frutas, vegetales, gramíneas incluso los árboles, habían desaparecido. Mis hermanas que estaban junto a mí, se dieron cuenta enseguida e hicieron el comentario apenadas… Era como andar entre dos ríos, el camino era angosto solo pasaba un carro a la vez. Porque al lado derecho  y al izquierdo había agua.
Era impresionante ver el cambio, filas interminables de piscinas, parecía que nunca se acabarían.  Cuando estábamos cerca del chico de las redes me emocione porque mis hermanas y mi papá lo conocían incluso lo llamaron por su nombre  ¡Rubén, Rubén!, pensé “estoy  a  punto de conocerlo”. No lo puedo creer…
El no escuchaba, estaba tan concentrado en su trabajo que no miraba a otro lado que no fueran sus redes.  Cuando ya estábamos  mas cerca nos escucho y miró, dijo sorprendido: ¡hola!, los esperan en la casa… ¡te llevamos! le dijo mi hermana mayor, pero no aceptó porque estaba mojado.
Seguimos nuestro camino y ya eran como las cinco y media de la tarde me puse de espaldas para verlo mientras nos alejábamos y me volví a decir que hermoso que es.  Me alegré mucho saber que mis hermanas lo conocían porque eso significaba que lo volvería a ver. Y pensé es guapo y mis hermanas no son ciegas, a ellas también les ha de gustar y  ahí no tendría ninguna oportunidad con él porque son mayores que yo y no se fijaría en una chiquilla de mi edad.
Hice una mueca pensando en ello, pero dije, en fin… Recordaba que de pequeña había ido a la casa del abuelo,  era una típica casa de campo, grande con muchas habitaciones y hamacas el servicio higiénico estaba a un costado y sólo había uno, o sea que se hacía turno para entrar.  Ja ja ja
Después de seis horas de viaje, llegamos, nada estaba como lo recordaba, la casa de madera ya no existía, vivían en una casa de cemento, grande con ocho dormitorios y baño en cada cuarto, una sala espaciosa el comedor tenía una mesa impresionante como para unos veinte y pico  comensales. Increíble.  Pensé que ahí comían los empleados y por eso era tan grande.  No pregunté nada, solo me limité a observar.
Salió a recibirnos el abuelo, su esposa, y muchos tíos que no conocía. Mis hermanas felices gritaron ¡abuelo! ¡tío! ¡tía! Y todos me señalaban ¿esta es Pamelita? ¡Qué grande que esta! Ya es toda una señorita, besos van besos vienen, abrazos, risas, sorpresas y así poco a poco terminaban los saludos.
Nos llevaron al dormitorio donde nos íbamos a hospedar era grande tenía cuatro camas impecables, todo estaba nítido, el baño, grande, limpio, yo realmente no quería ir porque no soy amante del campo y no me gustan las incomodidades,  si me hubieran permitido elegir  me hubiese quedado en casa, pero mi mamá quería descansar de tanta gente ya que éramos cuatro mujeres y un varón.  Solo nos mandó a nosotras con mi papá y ella se quedó con mi hermano en casa.
Pero en fin ya habíamos llegado, no me desagradó para nada la casa todo estaba bonito ni parecía que estábamos en el campo, lo único malo era que no teníamos televisión en el cuarto.
Nos bañamos, nos cambiamos de ropa porque el camino era polvoroso y estaba dañado, llegamos cansadas. Pero como éramos jóvenes y bellas no nos importaba porque sabíamos que nos esperaba una noche increíble, nos habían preparado una fiesta de bienvenida y no nos la podíamos perder.
Cuando estuvimos listas, salimos a la sala, donde estaba el abuelo y nos dijo que pasáramos  al comedor. En la mesa, estaban servidos platos con la especialidad de la casa, sopa de gallo, también había queso manaba, sal prieta, patacones, seco de gallina, maduros asados, jugos, dulce de guineo,  ajonjolí, etc… Era un banquete típico del campo.
Las veinte y ocho sillas que había en el comedor, poco a poco se fueron llenando, conocí muchos parientes  tíos, primos, todos se dedicaban a la siembra del camarón. Y me respondí la pregunta que me había hecho cuando llegué al ver una mesa tan grande. Era así de grande porque mi abuelo tenía 24 hijos, y cuando lo  visitaban no solamente llegaban ellos, sino que traían a toda su familia y esa mesa que era inmensa no alcanzaba para tanta gente.
Seguían llegando los parientes a saludarnos, felices todos por nuestra visita. No esperaron mucho para armar la fiesta, la música, el baile comenzó enseguida, unos estaban en el comedor, otros en la sala, todo era perfecto, la comida no falto, ni la caña manabita,  se la tomaban como agua. Era perfecta la noche, cualquier cosa era motivo de risa.
Me senté en un mueble a disfrutar de la fiesta pero poco me duró la sentada, enseguida me sacaron a bailar, realmente estaba felíz de estar ahí. Pero sentía curiosidad por saber quien era el chico de las redes,  dónde vivía, si era pariente o empleado, no sé.  Solo sé que no fue a la fiesta y me sentí decepcionada.
Ya eran las tres de la mañana cuando paró la música, la gente borracha se iban a sus casas, unos se acomodaban en los dormitorios, otros en los muebles de la sala, toda la casa quedó desordenada con platos sucios, vasos en los pisos y llena de parientes.  Tenía un arduo trabajo la persona que la arreglaría.
En el cuarto antes de acostarme me acordé nuevamente del chico de las redes y pensé… tal vez es un empleado de mi abuelo y por eso no lo invitaron ¿qué será?…. Me preguntaba… ¿por qué no habrá venido? En fin… cerré los ojos y me quede dormida.
Eran las ocho de la mañana cuando me desperté, con el canto del gallo y las gallina que cacareaban llamando a sus pollitos, me agradó despertarme con esos sonidos, fui al baño me bañé, me vestí y salí.
En la sala todavía estaban dormidos algunos parientes, pero en la cocina se escuchaba el rose de los platos con las cucharas, cuando fui, vi que era Susanita y mi abuelo me acerqué y nos saludamos con beso. Me sirvieron una taza enorme de leche, con patacones, queso, sal prieta, maní picado y jugo.  ¡Que rico desayuno! me quedé satisfecha.
Mi abuelo me preguntó, que si lo quería acompañar a ver las piscinas y le dije que bueno. Nos fuimos en su camioneta, el día estaba radiante, el sol en su esplendor, corría una briza agradable, todo era nuevo para mi, el abuelo me respondía todo lo que le preguntaba.
Cuando teníamos cerca de medía hora de recorrer las piscinas paramos en una cabaña alta y me dijo que ahí vivía una hija, la fuimos a saludar.  Primera vez que la conocía era muy parecida a mi papá hablamos poco pero me agradó conocerla.
Nos volvimos al carro y seguimos el recorrido, llegamos a otra casa, esta era mucho mejor que la anterior, tenía tres pisos, paramos y mi abuelo alzó la voz y dijo: ¡Rubén!, !Rubén! y frente a mí estaba el chico que me había impresionado cuando llegue a esas tierras.  No podía creerlo, me sudaban las manos, me puse nerviosa, cuando se acercá  saludar a  mi abuelo con un abrazo y le dijo ¡hola papá!, ¿cómo está?.
Al escuchar esto, qué decepción, comprendí, el chico de las redes, mi príncipe azul, era mi tío. El  me conocía de chiquita pero yo no me acordaba de él. Aparentaba ser un chico de veinte, pero en realidad  tenía como treinta años, estaba casado y tiene tres hijos.
Qué decepción mas grande me lleve, aunque estuve mas de 15 días en la casa del abuelo no  volví a verlo mas, cada vez que iba a la casa me retiraba al dormitorio y como yo no era nada especial para él nunca preguntó por mí.
Hace dos años lo vi, nos saludamos como familia, ¿cómo esta tu mami, tus hermanos? Y yo respondía “bien gracias, saludos a la familia. Y nos despedimos.  Tiene como sesenta años y yo me acerco a los cuarenta pero sigue siendo un hombre atractivo a pesar del tiempo.

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