miércoles, 16 de febrero de 2011

AMAR.VIVIR Y MORIR

Por: Pamela Figueroa



Hace mucho tiempo conocí a una persona, que ahora es mi mejor amiga, cuando me la presentaron yo estaba pasando por un momento difícil en mi vida, lloraba y no había nadie que me consolara. Ese día me dijo: -Te voy a contar una historia-.

Miriam es una hermosa mujer de 71 años, con su mente muy lúcida, su físico, es de una mujer distinguida, su piel blanca como porcelana, muy bien cuidada a pesar de la edad, es alta, nunca pasaría desapercibida porque tiene ese don aire de distinción.

Vive con su actual esposo, en un departamento frente al río con una vista espectacular, hace que te sientas parte del paisaje.

Me sirvió una taza de café, unos bocaditos y se sentó cómodamente en un sofá, tomó un sorbo de café, me miró y sonrió, hubo silencio, mientras se acomodaba.


Con la tranquilidad y la confianza que da la edad y la seguridad de vivir una vida plena llena de bendiciones, con la convicción de que Dios perdonó sus pecados y que no tiene porque avergonzarse de su pasado, comenzó diciéndome así….

Esto que te voy a contar ocurrió en los años 50, fue una época emocionante. Eran los tiempos de la revolución en la moda. Las faldas comenzaban a acortarse, los pantalones vaqueros se impusieron entre los jóvenes. El rock estaba naciendo y con él las drogas.
Guayaquil, era el puerto más importante de nuestro país, y por eso siempre estaba a la vanguardia de lo actual, surgiendo varios movimientos culturales, Julio Jaramillo estaba en pleno auge, las jóvenes comenzábamos a tener una nueva mentalidad, con respecto a la ropa, el cigarrillo, las drogas, las reuniones entre amigos en bares, o clubes, era lo que se imponía, bailábamos al son de la rockola.



También nos reuníamos en las casas, para hacer fiestas, fumábamos cigarrillos, ingeríamos alcohol, incluso uno que otro se drogaba, con opio, era la droga que más se usaba en aquella época, no me gustaba, me parecía que la gente se ponía idiota, siempre me retiraba cuando la consumían.

En una de estas fiestas conocí a mi primer esposo, yo tenía 15 años y el 23, fue amor a primera vista, yo era la hija mayor de una familia muy adinerada, y él también, por lo que cuando nuestras familias se enteraron de que éramos enamorados estuvieron de acuerdo.

Yo estudiaba en la Inmaculada, un colegio de monjas, eran muy estrictas, mi enamorado me buscaba a la salida de clases, yo lo esperaba en la entrada para saludarlo de lejos, no se podía acercar porque si lo hacía me castigarían.

Al anochecer me visitaba, con la aprobación de mis padres, siempre y cuando estuviera presente mi nana, que se quedaba en uno de los muebles de la sala mientras que nosotros salíamos al balcón a conversar.

Así pasaron varios meses, nos dábamos besitos, que muchas veces se volvieron muy intensos, comenzamos a desearnos y decidimos casarnos para no caer en pecado y también para no hacerlo a escondidas.

Cuando le comunicamos el deseo de casarnos a nuestros respectivos padres, estos se opusieron, porque querían que terminara el bachillerato y que sea mayor de edad.

Pero nosotros no quisimos esperar tanto tiempo, huímos, sabíamos que al encontrárnos nos harían casar para ocultar la vergüenza y por el temor al qué dirán, cosa que efectivamente sucedió. Yo tenía 16 años y mi esposo 24 cuando nos casamos.

Después de nuestra aventura, y nuestro casamiento apresurado, nos fuimos a vivir con la familia de mi esposo, su madre era linda, muy cariñosa, mientras viví con ella, me enseñó a administrar una casa, a dar órdenes a los empleados, todo lo que una mujer necesitaba saber para mantener su hogar, y yo era una muy buena alumna.

Todo estaba bien, pudimos construir una casa a nuestro gusto, era grande y linda, la hicimos con cinco dormitorios, porque planeábamos tener cuatro hijos. Mi esposo era propietario de un negocio próspero, teníamos una excelente economía, y un lugar alto en la sociedad guayaquileña de aquellos tiempos.


Su familia era una de las más ricas y mi familia también, mi padre era dueño de muchas haciendas y tenía negocios de cacao y banano. Que más podíamos pedir, teníamos todo, amor, dinero y juventud. Sólo nos faltaban los hijos… 

Pasó el tiempo, sin darnos cuenta, y yo ya tenía 20 años y aún no venían los hijos, mi esposo me preguntó ¿Qué por qué no salía embarazada?, ya era hora de tener niños. Yo le respondí que no sabía, pero que iba a ir al médico para que me dijera que podría ser.

Cuando ocurren estos casos, por lo general la mujer es la culpable y él daba por hecho que yo era la estéril. Al día siguiente, fui donde mi médico, luego de hacerme varios exámenes, me dijo que estaba apta para tener hijos en cualquier momento, que no tenía ningún problema, que tal vez, podría ser mi esposo, por lo que me pidió que regrese con él, para examinarlo y descartar posibilidades.

Ante este pedido, fui donde mi esposo y le conté lo que el médico me dijo, nunca me imaginé que reaccionaría de esa manera, diciéndome a viva voz… ¡que él no tiene por qué hacerse ningún examen!, ... que está perfectamente bien de salud y que el doctor que visité no sabía nada, que la que no puede tener hijos era yo, y que no le eche la culpa a él de mi infertilidad.

Ante esta respuesta me sorprendí, era la primera vez que veía a mi esposo alterado, no sabía qué hacer, me puse nerviosa, con ganas de llorar, me tapé la cara y salí corriendo de su estudio, me dirigí hacia mi dormitorio donde me quedé dormida de tanto llorar.

Al siguiente día, que me tocaba la consulta, le conté al doctor lo que mi esposo me dijo, respondiéndome, que no me preocupara y que sigamos adelante con los exámenes, para corroborar que yo estaba totalmente sana.

Mientras tanto, mi esposo, no era el mismo, era como si me lo hubieran cambiado, incluso se fue a dormir al cuarto de huéspedes, no quería hablar conmigo, peor verme, me odiaba y realmente no sabía por qué.

Al recibir los resultados de los exámenes, se los llevé, para demostrarle con pruebas, que yo no tenía problemas para tener hijos, y que si él no se los hacía, nunca podríamos saber ¿Cuál era el motivo?

Cogió los exámenes, se sentó frente a su escritorio y los leyó con suma atención, cuando terminó los estrujó y los tiró al piso y con gritos me ordenó que me fuera de su presencia.

Nuevamente salí corriendo de su estudio y esta fue la última vez que lo vi. Me dejó sin darme ninguna explicación, sentí que el mundo se me acababa... no podía creer lo que me estaba ocurriendo, todo mi mundo se estaba destruyendo.

A los pocos días me enteré que estaba en casa de padres, me llamaron para preguntarme que qué era lo que estaba pasando. Les conté de los resultados de los exámenes. Ni ellos aceptaban la actitud que había tomado su hijo, por algo que a lo mejor era sin importancia.

Se encerró en su dormitorio de soltero, por tres días, le tocaban la puerta, pero no respondía, pero al final de la tarde se sabía que estaba vivo porque gritaba que lo dejaran en paz, que no quería ver ni saber de nadie, que lo dejen solo.

Sus padres le decían que todo podía resolverse, que vaya a otros países donde la medicina estuviera más avanzada, para poder resolver ese problema, que no se solucionaría estando escondido en un dormitorio.

Nunca respondió a la petición de sus padres, al tercer día se escuchó la detonación de un disparo. Todos fueron al dormitorio donde estaba mi esposo, tumbaron la puerta y lo encontraron desnudo y muerto en el piso.

Al enterarme del hecho, no encontraba consuelo, quería morirme, sin mi esposo, él, que me decía que me amaba, el fuerte, el valiente, él, que ordenaba a 100 personas y todos le hacían caso, no soportó el hecho de que no podía tener hijos.

Mi vida se convirtió en un desastre, no quería vivir una vida donde mi esposo ya no era parte.

No encontraba consuelo en nada, ni la familia, ni los amigos, nada me hacía sentir mejor, estaba derrotada, acabada, sin deseos de hacer las cosas elementales como levantarme de la cama, cepillarme los dientes, bañarme, cosas que las hacemos a diario y que para mí se convirtieron es algo difícil de realizar.

No me arreglaba, andaba sucia y apestosa, salía a la calle a buscarlo entre la gente, por lo que comencé a reunirme con malas compañías, yo que odiaba a los drogadictos ahora era parte de ese mundo.

Mi vida se transformó a los 21 años, era joven viuda y heredera de una gran fortuna, pero no era feliz, por mucho tiempo me culpé de la muerte de mi esposo, hasta que comencé a drogarme con opio, no sentía nada, me sentía en el aire, me olvidaba de todo, solo quería tener relaciones sexuales para darle gusto al cuerpo.

En ese estado no distinguía si era hombre o mujer, era lo único que me hacía olvidar a mi esposo. Por lo que comencé a hacerlo diariamente, como tenía mucho dinero, para mí no era problema conseguir la droga e incluso invitaba a toda esa gente para que me acompañaran en mi viaje.

Sabiendo que lo que hacía estaba mal, no quería que nadie se enterara de mi nueva vida, despedí a los empleados, y solo me quedé con una, que me servía de compinche y hacía todo lo que le decía por dinero, incluso era lesbiana, me cocinaba y una vez por semana limpiaba la casa.

Así comenzaron mis errores, me alimentaba mal, fumaba cigarros apenas me levantaba y antes de irme a la pocilga donde me reunía con mis nuevas amistades. Era un sitio oscuro, con muchos cuartos donde te esperaba una persona para darte la pipa y ayudarte a comenzar tu viaje, y cuando ya no sentía nada, me reía como loca, bailaba aunque no hubiese música, buscaba a los hombres, los besaba, los tocaba en la misma noche estaba con 4 o 5, me volví insaciable en el sexo.

No dormía, toda la noche me pasaba en ese lugar, al amanecer regresaba a mi casa en un estado catastrófico, había hecho un trato con el dueño del lugar, él me mandaba a ver y en la madrugada me iban a dejar, mi empleada dejaba abierta la puerta del garaje para que nadie me viera llegar.

Asistía a fiestas donde ni en mis peores sueños hubiera asistido, había gente, que físicamente parecían muertos andantes, capaces de hacer daño a cualquiera por el solo hecho de no darle dinero para consumir droga.

Me convertí en parte de ese mundo, donde el alcohol, la droga y el sexo eran los invitados, principales, aunque vivía en una casa lujosa, de buena familia, de noche no era más que una drogadicta, fornicaria y lesbiana, creía que en ese lugar iba a encontrar alivio para mi sufrimiento. LA MUERTE.

Llegué al extremo de tener sexo, con cualquiera, aunque no estuviese drogada, con solo el hecho de que me lo pidieran, nunca me negaba, quería hacerlo a cada rato, porque no me satisfacía nadie, todas las noches lo hacía con dos o tres a la vez. Era una orgía, interminable, hombres con hombres y mujeres con mujeres, también hacían tríos dos hombres y una mujer o dos mujeres y un hombre, todos se acomodaban a sus gustos, otros solo miraban lo que hacíamos, pero nadie reportaba ni llamaban a la policía, todo era legal en ese lugar.

Me volví tan adicta al sexo que en las mañanas cuando estaba en casa y me despertaba, llamaba a cualquier hombre que estuviera fuera de mi casa, si era el basurero, el cartero, o cualquier pasante lo hacía entrar para que me haga sexo, y le pagaba, ya no dependía de mí.

Después de esta actividad, prendía una pipa de opio, para tranquilizarme, y ese era mi almuerzo, no comía, la empleada que tenía, era una lesbiana, le pagaba una buena cantidad para que me lo hiciera, era algo tremendo cuando estaba lúcida, lloraba y me remordía la conciencia, pero inmediatamente, me volvía a drogar. Todo el día pasaba drogada.

Lo triste del caso era que nadie de mi familia, ni amigos, sabía de mi nueva afición. Fui tan precavida con lo que hacía, que nadie sospechaba.

Asistía a pocas reuniones, para que me vean, llamaba a mis padres y a mis suegros, la empleada que tenía también me ayudaba diciendo mentiras y así pasaron 9 meses.

Un día cuando llegue al antro y comenzaba a drogarme vi a un hombre entrar al lugar, no parecía drogadicto, pero seguí en lo mío. Se sentó en la barra del bar, pidió una bebida gaseosa y se dedicó a ver a su alrededor, me vio e inmediatamente se me acercó.

Y me dijo: tú no perteneces a este lugar eres especial, me preguntó mi nombre, respondí, me tomó de la mano y me invitó a salir. Acepté. Pensando que íbamos a tener relaciones sexuales.

Pero... oh sorpresa, me llevó a otro bar, donde conversamos toda la noche, amanecía cuando me preguntó que donde vivía, le di mi dirección y me llevó a mi casa. Quedando en vernos al siguiente día.

Era la primera vez que me sentía bien tratada y pude mantener una conversación normal, a pesar de que estaba drogada. Al siguiente día no tuve ganas de drogarme.

Antes de acostarme sentí el deseo de darme un buen baño, qué bien me sentí después, dormí muchas horas, como no la hacía hace mucho tiempo. Mi mente descansó y mi cuerpo se renovó. Me desperté como a las cinco de la tarde, con ganas de arreglarme, para poder recibir a mi nuevo amigo, llamé a mi sirvienta para que me ayude a hacer preparativos.

A las ocho en punto estaba lista y arreglada la casa, los aperitivos deliciosos para el invitado, que llegó puntual con una flor blanca, la acepté emocionada, lo invité a entrar, el aceptó, le pregunté si quería tomar algo a lo que respondió que sí...

Conversamos trivialidades, pero después de un rato se atrevió a preguntarme ¿qué, que hacía en ese lugar?....

Bajé la cabeza y doblando una servilleta que tenía en la mano, las lágrimas inundaron mi rostro, le conté lo de mi esposo, él escuchaba con mucha atención...

Cuando terminé de hablar, los dos permanecimos por largo tiempo en silencio, pero después él, me relató su historia...

Comenzó contándome que su ex esposa lo dejó... hace muchos años, y que no fue por un hombre, sino que por la droga, pero él creía que le había sido infiel y pos eso se separaron, hasta que aproximadamente un año atrás, la encontraron muerta en uno de esos antros, y cuando se enteró de ello, él se dio cuenta de lo injusto que había sido con ella y desde ese momento decidió ayudar a mujeres drogadictas.

Y cuando me vio, sintió la necesidad de sacarme de ese lugar, para que nunca más regresara y me diera cuenta que cuando se tiene un motivo para vivir se puede ser feliz.

Ese mismo día dejé las drogas. Todo lo que había hecho para encontrar la muerte e irme a reunir con mi esposo quedó atrás.

Lo primero que hizo fue invitarme a su iglesia donde encontré el consuelo para aliviar mi angustia

Desde ese día mi vida cambió,
comencé a asistir a los cultos me involucre en la iglesia y aprendí a conocer a nuestro Dios, ahora soy una nueva criatura que sirve al Señor llevando su palabra a los pueblos y a personas que necesiten ser libres de pecado.

Encontré en la iglesia a una familia, que me amaba y que oraba por mí y por mi necesidad, también encontré amigos que me buscaban porque soy una buena persona y no por mi dinero y lo más importante encontré a Jesús que limpió mis pecados y me dio una nueva identidad y un cambio de vida.

Después de un tiempo de salir con mi amigo nos casamos, y tuvimos dos hermosos hijos un hombre y una mujer que ya nos han hecho abuelos de 5 nietos hermosos.

La prueba fue dura, el desierto largo, pero salí adelante, con una sola palabra de ánimo, muchos han de decir, que el dinero que tenía me ayudó, pero les digo que no fue así, para lo que me sirvió en el pasado fue para comprar una falsa tranquiliad que me daba la droga. Pero cuando comprendí quien era yo y para que fui creada, en ese momento encontre la paz que sobre pasa toda paz y comprendí, que si valía la pena seguir viviendo.

Mi descendencia, mia dos hijos maravillosos y mis cinco nietos muy bien criados, y la felicidad de haber encontrado a este hombre que a pesar de conocer mi pasado, nunca me lo restregó. Y lo más importante haber encontrado a Jesús, que no vino a mí cuando yo se lo rogaba, pidiéndole que me devuelva a mi esposo o me que matara para estar junto a él.

Si él hubiera hecho eso en estos momentos no podría dar mi testimonio a miles de personas que están como yo y comprendí que Dios no está ahí para hacer lo que nosotros le digamos que haga, sino para levantarnos cuando nos hemos caído y cuando entendemos que quién es él realmente encontramos esa paz que sobrepasa toda paz.

Lo más importante fue, que él estaba ahí, a pesar de la inmundicia en que vivía, mandó a sus ángeles para que me rescataran. Él me encontró aún después de que yo dejé de buscarlo. Siempre llega a tiempo.

Buscamos a Dios para que nos solucione nuestros problemas, es como nuestro consolador instantáneo en tiempos de necesidad. Pero lo realmente importante es amar a nuestro prójimo como él nos amó.

Alzar la cabeza y mirar alrededor nuestro y veremos a tanta gente necesitada, en peores condiciones que nosotros, aunque esto no es un consuelo, lo podemos tomar como un punto de referencia para salir a adelante.

Porque Dios es amor y nuestro consuelo en la necesidad, por eso siempre tenemos que estar listos para ayudar al prójimo, amarlo, respaldarlo, valorizarlo, por lo que es y no por lo que tiene y solo así, Dios nos encontrará, no en la desesperación, no en la angustia, ni en la inmundicia, sino cuando damos amor, y consuelo al desesperado, porque Dios es eso, Amor.

Cuando terminó diciendo estas palabras, la miré, tome un sorbo de café, me levanté le di un abrazo fuerte y le dije, que yo quería conocer a ese Dios tan bueno al que ella sirve.

Amen….

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